La cruzada contra los musulmanes

Vista de Tortosa des del castell de la SudaAños 1147-1148: conquistas de Tortosa y Lleida. En ambos casos recibieron la parte estipulada en el documento de constitución escrito en Girona en 1143. En el caso de Tortosa, y a través de sus conocidas estrategias financieras, acabaron siendo los señores de la ciudad y sus términos cuando el rey les cedió su parte (más la que compraron a los genoveses) a finales del siglo XII. De la conquista de Lleida heredaron Gardeny (una de sus plazas más importantes) y el castillo de Corbins, además de numerosos pueblos.

A todo ello añadieron numerosas donaciones de particulares que querían recibir los privilegios espirituales de la Orden ante la muerte, o bien su protección en caso de peregrinaje.

Castell de MiravetAgosto de 1153: conquista de Miravet. Seis años después de las conquistas de Tortosa y Lleida se produce el final definitivo de la adición del sur de Cataluña a la corona aragonesa. Miravet, emplazamiento que protege la puerta definitiva del Ebro, que allí se encajona entre montañas, era la plaza más fuerte del mundo musulmán en la zona. Allí los árabes disponían de un ribât —de ahí el nombre de M’râbit— dispuesto a defender la plaza sin rendirse nunca. Esta conquista la dirigieron los templarios en persona, como se expresa en las cartas que el último comendador del castillo dirigió a Clemente V. Miravet era el territorio clave que permitiría a los templarios dominar todo el Ebro catalán, desde Mequinensa hasta el mar.

Con este objetivo, no dudaron en apropiarse de los castillos, villas y términos de Ascó, Horta y Riba-roja y todos los pueblos que dependían de los mismos. Lo consiguieron por medio de intercambios (por ejemplo, la parte correspondiente a la conquista del cantón de Ademuz, en el caso de Ascó) y como compensación de préstamos a la realeza (en el caso de Horta y Riba-roja).

Si a ello sumamos el resto de posesiones en la cuenca del castillo de Barbarà, en el Tarragonès y en el resto de comarcas, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que las tierras de la Orden del Temple a finales del siglo XII abarcaban casi la mitad de la actual provincia de Tarragona. Sus posesiones en el resto del territorio, sin ser tan abundantes, eran igualmente considerables.

Los templarios protegieron al rey Alfonso I —el hijo de Peronella d’Aragó y Ramon Berenguer IV— durante su minoría de edad. El conde conquistador había muerto en 1162. Su participación en la batalla de Navas de Tolosa, en 1212, junto con el rey Pedro II de Aragón, está fuera de cualquier duda.

Castell de MiravetSu intervención como congregación espiritual y militar integradora en el mundo de la época tuvo lugar en otro momento crucial en la historia del reino: tras el desastre de Muret (1213), donde el rey Pedro II murió defendiendo sus intereses de sus vasallos languedocianos, muchos de ellos cátaros. Los templarios no participaron en esta cruzada. Su fidelidad estaba dividida entre su rey y su Papa, ni más ni menos que Inocencio III, aquel que no dudaba en declararse templario.

En ese momento especial, los templarios catalanes volvieron a ofrecer las garantías de equidad y sabiduría política que la situación requería: acogieron al pequeño heredero por orden del Papa y enseñaron a ser un caballero —un templario— al rey más grande: Jaime I.

Durante esta etapa (de 1180 a 1232), los templarios de la Corona de Aragón aportaron a la Orden –en momentos muy difíciles— tres de sus mejores maestres: Arnau de Torroja, Gilbert d’Erill y Pere de Montagut, todos ellos héroes de las campañas en Hispania.

Los templarios de Jaime I dirigieron, planearon y ejecutaron buena parte de la conquista de Mallorca. Como prueba de ello tenemos la donación del principal castillo de la isla —la Almudaina—, la tercera parte de la ciudad de Palma, 580 caballerías (porciones de tierra suficientes para un caballero y su familia), hornos, molinos e incluso un puerto en exclusiva… en manos de Bernat de Campans, lugarteniente del maestre y comendador de Miravet.

La conquista de Menorca fue encomendada por el monarca a Ramon de Serra, un templario que más tarde sería maestre provincial.

La conquista del Reino de Valencia siguió un proceso similar en lo que se refiere a la intervención de nuestros caballeros: el rey Jaime puso la donación de buena parte de la ciudad en manos de Guillem de Cardona, comendador de Miravet y, más adelante, maestre provincial.

Hacia 1252, San Luis, rey de Francia y director de la quinta cruzada, ordenó expulsar de Tierra Santa al mariscal del Temple, Hug de Joyheu, por haber dirigido unos pactos con el sultán de Damasco —práctica habitual en las cruzadas— sin su conocimiento. Los templarios de Aragón y Cataluña acogieron a Hug Joyheu nombrándolo maestre provincial.

En 1265, el rey Jaime I envió a sus ejércitos contra el Reino de Murcia, que se había sublevado. La campaña victoriosa la dirigió Pere de Queralt, mariscal del Temple en Aragón. Así, Jaime I pudo devolver el Reino de Murcia a su yerno Alfonso el Sabio de Castilla. Los templarios adquirieron en esta campaña Caravaca, derechos sobre Jerez de los Caballeros y el castillo árabe de Murcia, donde erigieron una capilla dedicada a su Señora: la Virgen de Gracia, la misma a la que habían dedicado, un siglo antes, su castillo emblemático: Miravet.

Durante el reinado de Pedro el Grande, hijo de Jaime I, los templarios llevaron a cabo otras gestas: la derrota de los franceses en Nicoretta (tras la guerra de Sicilia), dirigida también por Pere de Queralt.

En 1285, el Papa angevino excomulgó al reino (por los hechos de Sicilia) y ordenó una cruzada contra Cataluña, dirigida per Felip Hardi (padre de Felipe el Hermoso). En esta ocasión, los templarios de Aragón y Cataluña, dirigidos por Berenguer de Santjust (que fue el último comendador de Miravet), protegieron al reino contra los invasores, aunque estos habían llegado para luchar contra la Corona Aragonesa en nombre del mismo Papa. De este modo, los templarios salvaron al rey y a su tierra, una vez más.

En 1307, ante los hechos contrarios a la Orden y las actuaciones del rey de Francia, junto con el papa Clemente V, el proceso contra los templarios de la Corona de Aragón fue ordenado por Jaime II. A partir de diciembre de 1307, todos los castillos templarios fueron lugares y capitulaciones. El castillo de Miravet resistió durante doce largos meses, determinando el final decisivo y definitivo de la Orden. Pero los caballeros que resistieron no tuvieron el mismo fin que en Francia, sino que fueron absueltos y bien remunerados con una alta pensión anual para toda la vida. Y que decir que todos ellos pertenecían a la más alta nobleza.